Hay madres que, al descubrir que su hijo es sordo, levantan un muro invisible a su alrededor. Un muro hecho de amor, de miedo, de protección… y también de dudas. Quieren evitarle cada tropiezo, cada mirada dura del mundo, cada puerta que se cierre. Y sin darse cuenta, mientras lo abrazan fuerte, también lo atan.
Pero los hijos todos, también los hijos sordos necesitan aprender a caminar sin la sombra materna cubriendo cada paso. Necesitan equivocarse, enfrentarse, levantarse. Necesitan descubrir que su voz, aunque se exprese con las manos, tiene fuerza; que sus decisiones importan; que su identidad no es una extensión de la de su madre, sino un camino propio que merece ser construido.
Cuando una madre no suelta, el niño permanece pequeño incluso cuando su cuerpo ya creció. Y entonces aparece el adulto sordo que, en vez de avanzar con seguridad, mira hacia atrás buscando aprobación, permiso o compañía. Un adulto que podría brillar, pero camina con la sombra de quien lo quiso proteger demasiado.
Soltar no significa abandonar. Soltar significa confiar. Confiar en que un hijo sordo puede aprender a resolver problemas, a celebrar triunfos, a enfrentar dificultades, a decir “yo puedo”. Significa acompañar sin dirigir, apoyar sin invadir, amar sin aprisionar.
Porque la verdadera fortaleza de una madre no está en sostener a un hijo toda la vida, sino en darle la libertad para ser él mismo. Y la verdadera fortaleza de un hijo sordo nace cuando entiende que sus manos, su mente y su corazón pueden construir su propio futuro, sin depender de la sombra de nadie.
Solo así, madre e hijo pueden caminar juntos: no uno detrás del otro, sino lado a lado.
Dr. Alvar Adrián May Can.
Intérprete de Lengua de Señas Mexicana.

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