Hay madres que, al descubrir que su hijo es sordo, levantan un muro invisible a su alrededor. Un muro hecho de amor, de miedo, de protección… y también de dudas. Quieren evitarle cada tropiezo, cada mirada dura del mundo, cada puerta que se cierre. Y sin darse cuenta, mientras lo abrazan fuerte, también lo atan. Pero los hijos todos, también los hijos sordos necesitan aprender a caminar sin la sombra materna cubriendo cada paso. Necesitan equivocarse, enfrentarse, levantarse. Necesitan descubrir que su voz, aunque se exprese con las manos, tiene fuerza; que sus decisiones importan; que su identidad no es una extensión de la de su madre, sino un camino propio que merece ser construido. Cuando una madre no suelta, el niño permanece pequeño incluso cuando su cuerpo ya creció. Y entonces aparece el adulto sordo que, en vez de avanzar con seguridad, mira hacia atrás buscando aprobación, permiso o compañía. Un adulto que podría brillar, pero camina con la sombra de quien lo quiso proteg...